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Opinión| Huachicol: gran medida, mala comunicación.

Por Rodrigo Coronel. 

Nada tan urgente como erradicar la corrupción. Si algún elemento merecía de atención especial, ese era el de la impunidad y la casi absoluta certeza de que lastimar la confianza pública no causaría consecuencias. La viabilidad institucional estaba en riesgo. Por eso, el combate al huachicol entraña una gran apuesta. Una arriesgada, por las implicaciones políticas, económicas y operativas del fenómeno. Sin embargo, la comunicación de las medidas ejecutadas contra el robo de combustibles desmereció a la magnitud del esfuerzo.

Ante la coyuntura del combate contra el huachicol, y las dolorosas consecuencias que trajo consigo, al menos comunicacionalmente el gobierno federal pareció rebasado. Aun ahora no hay elementos suficientes para dilucidar, junto con el gobierno, la dinámica de las acciones ejecutadas. Es decir, por qué tal o cual decisión se tomó en el momento que se tomó, y si las consecuencias estuvieron o no vislumbradas al comienzo de la acción.

Por principio de cuentas, la administración federal perdió el control de los conceptos que definirían la coyuntura, y su esfuerzo por rencauzarlos resultó insuficiente. No bien crecían las filas de automóviles en las gasolinerías, la palabra desabasto rondó con fuerza en la opinión pública. Como respuesta, el gobierno apostó por un matiz que, dadas las circunstancia, resultó insuficiente. La ausencia de combustible en las gasolinerías del país no se debía a desabasto alguno, sino a un retraso en la distribución.

Sobra decir que la explicación, y el centrar la estrategia de comunicación en esa salida retórica, fue ineficiente. Más bien, el poco o nulo control sobre la narrativa de la coyuntura acrecentó la percepción de descontrol. Las consecuencias derivadas del combate al robo de combustible parecieron sorpresivas. Si se tenía previsto lo que finalmente ocurrió, eso sólo lo sabe el gobierno federal.

El segundo intento por controlar la narrativa resultó más efectivo, aunque arriesgado. La lucha contra el huachicol transmutó en un temprano plebiscito presidencial. Así se planteó una disyuntiva quizá excesiva. El apoyo a la estrategia gubernamental contra el robo de combustible se asimiló como un respaldo al presidente. Por el contrario, las dudas o quejas sobre la estrategia implementada, tal y como fue planteada por la administración, se leyó como una crítica al titular del poder ejecutivo.

La disyuntiva fue lo suficientemente poderosa que parecieron olvidarse las muchas deficiencias en la comunicación. Por ejemplo, la histeria de algunos consumidores, y las alarmantes visiones de los agoreros pudieron acallarse con información eficaz y oportuna.

Al final, la crisis del desabasto, o del “atraso”, terminó por galvanizar el apoyo al presidente. Tal parece que al personalizar los conflictos, la legitimidad del presidente actúa como pararrayos. Por ahora, la estrategia funcionó. Hacia adelante parece costoso echar mano de la popularidad como cortafuego de críticas y señalamientos. Ya se sabe, gobernar desgasta.

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