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Opinión | Una cirugía mayor impulsada por la 4t se gesta en los medios públicos.

Por. Rodrigo Coronel.

Seamos sinceros, la televisión pública aburre y lo hace mortalmente. Son pocos los especímenes que voluntariamente, se vuelcan con entusiasmo sobre los contenidos de los medios públicos, en particular los de televisión. Tal parece que durante años, este rubro de la administración estuvo orientado a la promoción de una reducida élite de “intelectuales” que, más que hablarle al gran público, utilizaba su tiempo al aire para hacer patente su valía y conocimiento. Nada nuevo en la triste y recurrente historia del secuestro de los medios de comunicación.

Esta inercia era evidente e insostenible. Sobre todo en una coyuntura política como ésta, marcada por las ideas de cambio y regeneración que la 4T le ha ido imprimiendo al debate público. Así pues, una cirugía mayor se gesta en las taponadas arterias de estos medios. Nuevos y más desparpajados contenidos comienzan a aparecer en las pantallas; un saludable cambio, en vista de la solemnidad patética que algunos se empeñaban en sostener.

Pero no todo ha sido miel sobre hojuelas y la austeridad feroz se ha cebado, en ocasiones injustamente, en los trabajadores de algunos medios públicos. A reserva de que esta penosa circunstancia se modifique tarde o temprano —circunstancia, por cierto, que amenaza la viabilidad de algunas áreas del gobierno federal— el cambio en éstos tiene, al menos, dos retos urgentes.

El primero de ellos es el de recuperar la credibilidad perdida durante tantos años de descuido e indiferencia para con el contenido de los medios públicos; en el pasado, éstos se encontraban seriamente enfermos de solemnidad y por ello, el contexto actual demanda acciones diametralmente distintas. Si algo debería darle rostro y sustancia al cambio, eso tendría que ser la apuesta por la creatividad. De hecho, esta apuesta es aún más urgente dados los avances sustantivos que en materia de medios han tenido lugar; las nuevas plataformas de difusión y producción —como Netflix o HBO— colocaron la vara demasiado alta.

El segundo reto es el de evitar, a toda costa, las mismas inercias que dieron al traste con los medios públicos en el pasado; es decir, constreñir su contenido a las ideas, quizá buenas o quizá no tanto, de un puñado de favorecidos por el régimen en turno. Si un parámetro debería guarecer a dichos medios de la esclerosis creativa, ese es el de mantenerlos activos y sensibles a nuevas formas de expresión y construcción de contenidos. Para ello debería ser suficiente fomentar un diálogo público robusto desde estas plataformas, con actores de relevancia social y opiniones divergentes; que los medios públicos no sean, o no solamente, un amplificador de las directrices del gobierno en turno; en otras palabras: para “ciudadanizar” a los medios hace falta apostar por la pluralidad.

Parece poco, pero quitarle esa pátina de aburrimiento que durante mucho tiempo tuvieron las producciones de medios públicos sería, en todo caso, una señal de que se retoma el camino hace tiempo perdido. Si acaso cupiera alguna suerte de eslogan para esta misión, propondría el siguiente: más risas, menos solemnidad. O algo así.

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