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¡No pasa nada si se quedan callados!

Cartón: Monero Roma

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Columna.

Para el antiguo régimen, el silencio de los expresidentes era un puntal institucional. La secrecía reguardaba la estabilidad misma del gobierno, y la sobrevivencia política de algunos actores -había secretos que era mejor guardar-. El poder, dirán algunos, exige de cierta reserva. En contadas ocasiones, aquella regla no escrita fue rota; los pocos casos que se recuerdan desataron crisis políticas que fueron conculcadas con el virtual exilio de quien osó violar la norma. Calles, Echeverría y Salinas forman parte del reducido club de los infidentes. Pero los tiempos han cambiado.

En La herencia. Arqueología de la Sucesión Presidencial en México (DeBolsillo, 2015), de Jorge Castañeda, se exploran los umbríos callejones del sistema político mexicano. Ninguna coyuntura mejor para alumbrar las callejuelas que la sucesión presidencial, el momento “estelar” del sistema. Castañeda entrevistó a algunos expresidentes, y de sus respuestas extrajo ciertas relevantes conclusiones. Los silencios de los viejos políticos son, quizá, lo más elocuente de todo. Pero los tiempos han cambiado.

Días tras día, Vicente Fox y Felipe Calderón, los dos expresidentes panistas, suben el volumen de sus críticas y comentarios sobre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Nadie puede regatearles el legítimo derecho a hacerlo. No hay nada malo en ello; es más, la crítica siempre será saludable y bienvenida en un régimen que se asume democrático. El problema viene después. La hiperactividad discursiva de ambos revela algo más que el puro ejercicio de la libertad de expresión.

Los dos expresidentes, y algunos otros “voceros” de la oposición, dan cuenta de una ignorancia injustificable para estos días. Los mensajes políticos, para ser efectivos, exigen de su emisor cierto grado de legitimidad ante las circunstancias. Fox y Calderón no la tienen. Tal parece que no acusaron recibo de sus desaciertos. Hablan desde la inconsciencia del soberbio o, peor aún, del cínico. Sus adláteres revelan una deficiencia similar. La realidad aún no los ha tocado; se miran el ombligo y, por eso mismo, lucen desubicados, ajenos. En sus hombros, la oposición se desdibuja.

Esta circunstancia revela otra más compleja, incluso más profunda: la ausencia de un proyecto opositor. No es un problema relativamente nuevo. Su origen se remonta a los días de la campaña presidencial. Específicamente a cuando Ricardo Anaya se hizo de la candidatura del Partido Acción Nacional. Al perder, y de la manera en que lo hizo, dejó al descubierto su cualidad más representativa, y, por extensión, la debilidad de todo su proyecto: su nula densidad programática.

Suele decirse que no hay mejor refutación que los hechos mismos. La relación de los desaciertos en los dos sexenios panistas podría ser una sólida respuesta ante sus críticas y “consejos”. Fox y Calderón luchan con su propio pasado. Difícilmente saldrán ilesos del examen. Al menos en estos casos, la mejor estrategia quizá sea el silencio.

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