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Edgar Degas: “El arte no es lo que ves, sino aquello que haces ver a los demás”

Por: Erika Islas

Edgar Degas, el niño bien del círculo de pintores impresionistas del siglo XIX, es conocido popularmente como “el pintor de las bailarinas”; sobrenombre limitado para lo extenso y soberbio de su obra. A pesar de su padecimiento visual degenerativo, de su conducta aislada y solitaria, de ser considerado para algunos críticos como un voyerista obsesionado y de su antisemitismo; la perfección de su trabajo es admirable.

Parisiense de corazón y de nacimiento. Creció en el seno de una familia burguesa en la creciente sociedad de Francia del año 1834. Desde pequeño, supo que la pintura era su pasión y su padre lo respaldó. Le adaptó un estudio en su casa para que pudiera practicar y practicar. Desde sus comienzos, mostró habilidad para los retratos; pintar o dibujar facciones humanas con una analogía casi total al rostro real.

El arte y la política desde siempre han ido de la mano. Ya sea, los políticos usando el arte para vanagloriarse, como en el caso de Luis XIV de Francia, llamado el Rey Sol; o la misma iglesia católica que utilizó en extremo y por muchos años su esfera de influencia y tomaron a su cargo a los pintores, escultores, arquitectos entre otros artistas; para alabar a Dios y los santos en sus obras.

A finales del sigo dieciocho surgió una exposición artística anual en el llamado: Salón. Una exhibición elitista y cuidadosamente seleccionada de artistas que solo mostraban la gloria y el progreso que personificaba el gobierno de Francia, representado por Napoleón III, sobrino de Napoleón Bonaparte. Esta galería dejaba fuera cualquier corriente artística distinta a lo impuesto.

Los retratos y pinturas familiares de Degas, realizados en sus primeros años, mostraban la influencia del pintor y mentor francés, Ingres. Poco fue lo que le dedicó a las pinturas históricas, sin embargo, fue una de esas obras la que le dio el acceso en 1865 al Salón del arte excluyente.

Aburrido de quedar bien con la sociedad y con “lo correcto”, continúo con su interés en los temas de la vida cotidiana. En ninguna biografía o libro dedicado a su trabajo detalla su vida sentimental, aparentemente nunca se casó ni tuvo hijos; incluso algunos críticos mencionan que el mismo Degas reconocía la vida célibe que llevaba. Sin embargo, la mujer fue su musa en más de la mitad de toda su obra.

Desde una humilde mujer planchadora de París, haciendo su oficio con la espalda arqueada; hasta una exhausta bailarina rascándose la espalda en clase de ballet. O una bañista doblándose incómodamente en la tina de metal, para limpiarse los dedos de los pies; hasta una lavandera bostezando con una botella de vino en la mano.

Tal precisión en sus obras dista mucho de ser una impresión instantánea, eran horas y horas de trabajo. De dibujar y borrar, de corregir y volver a pintar. Llevaba siempre con él una libreta y un lápiz donde hacía sus bosquejos y se guardaba en su estudio a reproducir el dibujo en la tela, hasta obtener la perfección deseada.

Después del fin de la guerra franco prusiana en 1870, Edgar Degas, hastiado de la discriminatoria selección del estado, creo un grupo de jóvenes pintores. Congregación conocida como Los Impresionistas, compuesto por Pierre- Auguste Renoir, Paul Cézanne, Claude Monet, Alfred Sisley y Berthe Morist. El título de impresionista siempre disgustó a Edgar Degas, prefería ser catalogado como realista, aunque en muchos registros históricos se encuentra como impresionista.

Fue hasta la muerte de su padre, cuando Degas tuvo que responsabilizarse de la mala situación financiera familiar. Vendió su casa y muy a su pesar tuvo que escoger piezas de su entrañable colección para ofertarlas y pagar las deudas. Para ese año, 1874, ya contaba con una reputación encumbrada y con facilidad podía ganar dinero.

Atravesó por diferentes etapas de obsesión empedernida. El hipódromo y los caballos están presentes en muchas de sus obras, no es que fuera aficionado a las carreras o a las apuestas; él se enfocaba en el tono muscular y gesto de los caballos y jinetes en acción. Las bailarinas fueron su desaforada manía; sus conocidos le daban pase amplio tras bambalinas, durante ensayos y clases. Formaba parte inerte del espacio, sin que las bailarinas o el maestro notaran su presencia; mientras realizaba bosquejos a lápiz en su libreta para reproducirlos más tarde sobre un lienzo.

Su degeneración ocular, ya para finales del siglo XIX, lo había dejado casi ciego. Así que, enfocó su creatividad en la escultura y en algunas piezas de barro que se deterioraron y la familia no pudo restaurar. Edgar Degas falleció en medio de la Primera Guerra Mundial, en 1917.

Entre sus obras más populares se encuentran: La escultura de “Pequeña bailarina de catorce años” y “Danza española”; en pintura “Mujer en la bañera”; “Ensayo sobre el escenario”; “La clase de danza”; “Caballos ante las gradas” y “Jóvenes Espartanas”, fue la pintura que le dio acceso al Salón.

 

 

 

 

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