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Opinión | La pandemia que llegó.

Por | Miguel Ángel Hernández.

 

Solo en los peores escenarios apocalípticos nos habríamos imaginado una situación como la que está ocurriendo en pleno 2020, un enemigo invisible a los ojos pero mortífero y virulento, una amenaza que hasta el momento ha cobrado más de 155 mil muertos y al menos dos millones de contagios y cuya escalada parece, ha de multiplicarse significativamente.

La evidencia científica indica que los más susceptibles  a las complicaciones por COVID-19, son los pacientes hipertensos, los diabéticos, los obesos y de edad avanzada, todos ellos, víctimas de un mercado voraz. En el caso de las personas con obesidad, sus carencias alimentarias se ven remplazadas por alimentos altos en grasas y azucares que ofrece el mercado y a largo plazo se convierten en víctimas de otros padecimientos o peor aun, personas de edad avanzada que han llegado a esa edad sin una pensión digna o una estructura que los pondere como un sector al que se le tenga que cuidar, ni por parte de la sociedad, ni por parte del Estado.

Esta pandemia ha venido a desvelar de manera directa, muchos vicios y perversiones que se  aceptaban como válidas. Para empezar la terrible desigualdad que azota al mundo muestra una clase dominante cuyos objetivos parecieran seguir manteniendo al sector obrero bajo el yugo del mercado.

Un virus diseminado por la clase burguesa y que en un principio mata de manera democrática, recordándole a los ricos que hay una verdad absoluta y llega con el fin de la vida, pero digo que en un principio porque como todo mal que llega a este mundo, los paganos siempre son los mismos, los pobres, los de abajo, los invisibles, aquellos que en plena segunda década del siglo XXI siguen sin tener acceso a las herramientas básicas para combatir cualquier mal y no hablamos de costosos medicamentos o de una infraestructura sofisticada, hablamos de agua potable en sus hogares y lugares de trabajo, hablamos de servicios médicos y de condiciones de trabajo que les permitieran quedarse en casa.

El Estado en México ha respondido de manera contundente en el nivel discursivo, al instar a los empresarios a enviar a la gente a sus casas con goce de sueldo lo cuál parecería un medida que nos coloca en el plano del primer mundo; sin embargo, para que esto pudiera realizarse de una forma sería y legal, es indispensable la declaratoria de una CONTINGECIA sanitaria y no una EMERGENCIA.

Esto tendría que venir acompañado de beneficios fiscales que ayudaran a sortear la contingencia con la verdadera solidaridad de todas las partes, inclusive si por decreto todos los empleados se tuvieran que ir a casa, se tendría que evaluar la posibilidad de gestionar un ingreso mínimo universal, que tendría que ser absorbido por las finanzas del Estado.

Pero tal parece que este virus nos vino a advertir lo que muchos advirtieron hace siglos, la desigualdad llevará al caos y la deshumanización, llevará a la oscuridad.

Hoy, los ridículos autodenominados “libertarios” del nuevo siglo, que enarbolaban la obsolescencia del Estado y defendían el libre mercado, inclusive promoviendo al máximo la privatización de la salud y la desaparición de garantías para el trabajo, se han vuelto invisibles o algunos incluso se han reivindicado, exigiendo al Estado que cumpla con su papel de garante de la salud, la paz y el bienestar del pueblo.

La pandemia que llegó no es el COVID-19, la pandemia que nos azota desde hace mucho es la desigualdad, esa que obliga a la gente a salir a la calle desafiando todas las indicaciones, a sabiendas que esta arriesgando la vida, mientras que el otro sector, los privilegiados; gritan desde su burbuja de cristal, acusan a los que tiene que salir a buscar el sustento, los tachan de irresponsables, de ignorantes, de estúpidos.

Pero no se han dado cuenta que gracias a los que arriesgan su vida, el país sigue andando y no me refiero exclusivamente a los que salen hoy ante la emergencia sanitaria, hablo de todos los trabajadores que no tienen seguridad social, los que tienen horarios extendidos, condiciones de trabajo peligrosas, hablo de los que día a día arriesgan el pellejo desde que salen casa, con el único afán de llevar un pan a su mesa. Hablo del policía, del obrero, del minero, de las trabajadoras cuyo papel de vulnerabilidad se duplica al ser mujeres, del periodista, del bombero, del maestro, del médico, del trabajador de la construcción, también del estudiante que sale de su casa con la ilusión de aprender y de volver casa con vida o muchas veces, con la ilusión de volver, porque en un país de desaparecidos, el volver a casa, aunque sea sin vida pareciera un privilegio.

Hoy enfrentamos una crisis, un virus que va a dejar cientos de miles de muertos, no tantos como el hambre alrededor del mundo, no tantos como la guerra o como las precarias condiciones laborales, que año con año cobran millones de muertes, hoy enfrentamos un virus y lo enfrentamos con rabia y con toda la fuerza de la sociedad y el Estado, lo enfrentamos como se debe porque el peor pecado de este virus, fue atacar a la clase privilegiada y después no conforme, venir a desnudar las precarias condiciones del sistema de salud y de vida.

Quien diría que a estas alturas íbamos a enfrentar una amenaza patógena con agua y con jabón, con distanciamiento social y descansando.

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