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Granados Chapa: La falacia del asesino solitario.

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Redacción. |

 

Un día como hoy pero de 1994 México fue testigo de uno de los más terribles magnicidios en su historia, Luis Donaldo Colosio sería asesinado en Tijuana, tras finalizar un acto de su campaña a la Presidencia de la República.

Como doble remembranza, recordamos aquella fecha que cimbró al país, con la opinión del periodista hidalguense, Granados Chapa, fallecido en 2011 con el titulo del mejor columnista de México; «Colosio a 10 años», columna publicada en 2004.


Pese a ser la verdad judicial, casi nadie cree que Mario Aburto es el asesino solitario que ultimó, hace diez años, a Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI. Las sentencias de los tribunales valen más allá de su aceptación social, sin duda. Pero la naturaleza de aquel crimen, las complicaciones materiales de su ejecución (el candidato estaba resguardado por una escolta integrada por ciento cincuenta personas) y sus secuelas judiciales y políticas dejaron en el ánimo social una duda y una suspicacia que el paso del tiempo no ha diluido, sino lo contrario.

No se ha formalizado ninguna acusación sobre la responsabilidad personal del presidente Salinas en el homicidio de su candidato. Al contrario, hasta se cita en abono de su condición de víctima también del atentado, su desmejora física, la evidencia de un dolor que, dicen los ingenuos, no corresponde al de un verdugo. No es posible, ni necesario, urdir una trama sicológica para imaginar que la pérdida de peso de Salinas pudo deberse a los tormentos interiores de quien decidió un asunto de vida o muerte. Lo cierto es que ni siquiera el señor Luis Colosio Fernández (que tal vez aceptó ser senador a fin de disponer de una posición jurídica y política para ese efecto) ha demandado la apertura judicial del caso, sino sólo un careo entre el Presidente de entonces y su sucesor, Ernesto Zedillo, sobre el clima político en que ocurrió el asesinato de su hijo.

Ese clima político, se sabía entonces y se recuerda ahora, diez años más tarde, se caracterizó por un distanciamiento entre Salinas y Colosio, que dio lugar a la “campaña contra la campaña” de que se quejaban en aquel momento los cercanos al candidato, y los aprestos legales y políticos que permitieron la sustitución del aspirante ungido.

Desde el momento mismo en que Salinas dispuso que Ernesto Zedillo renunciara a la secretaría de Educación Pública para coordinar la campaña de Colosio, quedó investido como candidato suplente. El 25 de marzo de 1994, apenas un día después del sepelio del candidato asesinado, dije en este mismo lugar que quedaba “abierta la posibilidad de que el Presidente escoja al doctor Ernesto Zedillo, el más sobresaliente de los elegibles en el partido oficial. Fue uno de los precandidatos, y al hacérsele jefe de la campaña de Colosio, se difundió el valor entendido de que era virtualmente un candidato de repuesto, ante cualquier contingencia, como la que infortunadamente se concretó”.

Salinas habría tomado la providencia de un suplente ante la eventualidad de que Colosio no acatara plenamente su autoridad durante la campaña. O porque se habría arrepentido de su decisión de noviembre. No de otro modo se explica que hiciera demorar el comienzo de la gira electoral de Colosio, y cuando ésta comenzó el diez de enero de 1994, en la misma fecha nombrara a Manuel Camacho como comisionado para la paz en Chiapas, anuncio con el que dejó en la oscuridad el arranque de la campaña colosista, pues las luces informativas privilegiaban entonces el encaramiento gubernamental a la insurrección zapatista.

Al salir del Gabinete, Camacho quedó en situación semejante a la de Zedillo, sin la atadura constitucional que hacía inelegibles a los secretarios de estado. Los colosistas sospecharon desde entonces de Camacho, que había rehusado apoyar explícitamente la candidatura de Colosio. Aunque ambos precandidatos procuraron explícitamente cercanía y aun amistad, las decisiones de Salinas los distanciaron, tanto que el 27 de enero Salinas salió al paso de la confusión que él mismo había propiciado, al ordenar a los priistas que “no se hicieran bolas” sobre quién era el candidato. Eso no obstante, cada paso que el comisionado para la paz daba en pos de cumplir su encomienda, era tenido por sus adversarios como una señal de que se disponía a lanzar su candidatura, en reemplazo de Colosio o enfrentándolo desde la oposición.

Las diferencias entre Camacho y Colosio tenían un origen que no era imputable a ellos. Cuando percibieron la peligrosidad de que se les enfrentara, cada uno dio pasos hacia la dilución de su querella. Colosio se expuso a una silbatina en su alma mater, el Tecnológico de Monterrey, el martes 15 de marzo, cuando rehusó asentir a una pregunta interesada en zaherir a Camacho. Al día siguiente, el último miércoles completo de su existencia, corroboraría su percepción de las cosas.

Preguntado sobre el tema en un desayuno, Colosio respondió que ambos sabían que el conflicto no era entre ellos. Lo dijo al mismo tiempo que con la mano derecha empuñada, dejando libre el pulgar, lo hacía señalar rítmicamente hacia arriba. Luego lamentó estar siendo “víctima de la perversidad del sistema”. Desde entonces, y al paso del tiempo, los presentes en esa reunión (Julio Faesler, José Agustín Ortiz Pinchetti, Carlos Ramírez, el anfitrión Raúl Cremoux y yo mismo) tuvimos la certidumbre de que la diferencia entre Camacho y Colosio había sido inducida desde arriba.

En la misma percepción, Camacho decidió poner fin a la ambigüedad a que se había prestado, y el martes 22 (unos días después de que los protagonistas de la cuestión se habían reunido en la casa de Luis Martínez Fernández del Campo), Camacho hizo por fin público su apoyo a Colosio, previo telefonema a éste para anunciarle que lo haría. Que al día siguiente Colosio fuera asesinado puede no haber sido mera casualidad.

Pero no dejemos espacio a la conjetura policial. Quedémonos con la hipótesis política.

 

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