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Aspirina para el corazón

Existen relaciones que dejan huella, aunque no siempre es un vestigio positivo. Habemos mujeres que, al ver a un hombre, nos enamoramos más de una posibilidad que la mente ilusionada y soñadora erige como ideal, de lo que este individuo podría representar en nuestra vida.
Nos enganchamos cuando el galán en cuestión tiene tres o cuatro cualidades de las 300 que esperamos de nuestro “hombre ideal”, así que, sin empacho y porque sí, le colgamos las otras 294 cualidades requeridas.
Irremediablemente la verdad sale a la luz para desencantarnos y aceptar que aquel sapo no fue el príncipe de 300 cualidades. Si esto te ha pasado más de una vez y estás cansada de buscar a tu media naranja, sería conveniente replantear la situación.
Los huecos que duelen son vacíos que pueden llenarse de lo que elijas: codependencia, comida o sustancias que te ayuden a evadir eso que seguirá ahí, aunque lo ignores.
La siguiente pregunta a replantear sería: “¿y si no soy media naranja sino una naranja completa?”. Tal vez ni siquiera seas naranja, tal vez eres un kiwi o un zapote.
Si pretendemos ser el alma gemela de alguien o su complemento, estamos a un paso de la codependencia.
Una vida con sentido empieza con el autodescubrimiento. No puedes conocer la ruta que tomarás si no sabes quién eres, ni hacia dónde quieres dirigirte. Es peligroso recorrer el camino que es de otro que no busca lo mismo que tú, por no estar sola.
La mejor relación debe de ser contigo misma, así podrás llenar esos huecos de momentos y experiencias. Tomar el tiempo para averiguarlo puede cambiar tu vida en una gran aventura que mereces vivir.

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